Proporcionado por Prisa Noticias El temor es fundado. La divisa está mostrando debilidades que se creían superadas. En poco más de un año se ha depreciado un 25% y hace sólo dos semanas llegó a ser la moneda más vapuleada del mundo y superó el mínimo histórico de los 20 pesos el dólar. Un desplome que en México, una tierra que sigue las evoluciones de su divisa como un enfermo el electrocardiograma, ha sido considerado un negro presagio. “Si las palabras de Trump se volviesen hechos, vendría una catástrofe. Los aranceles y muros desencadenarían una tremenda recesión y hundirían al peso”, afirma Raúl Feliz, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

En busca de puerto seguro, el Banco de México ha subido desde diciembre cuatro veces los tipos de interés (del 3% al 4,75%). El resultado ha sido dispar. Una mejoría momentánea del peso y luego, el vendaval otra vez. En este escenario, el optimismo hace tiempo que ha saltado por la borda. A pocos les importa que México, con un crecimiento en torno al 2%, sea una de las economías más resistentes del hemisferio, muy por delante de Brasil o Argentina. Tampoco que el gigantesco sector de la exportación, volcado al 80% en Estados Unidos, viva horas felices gracias a la caída del peso ni que las remesas de los migrantes hayan aumentado un 7,5% en los siete primeros meses del año y ya representen más de 15.000 millones de dólares. La memoria del pasado, cuyo espectro hace revivir el magnate estadounidense, es más poderosa que todos estos datos.

Los cataclismos sufridos por México en los años ochenta y noventa han dejado una huella profunda. Desde entonces el peso es visto como un termómetro de la salud del país. Y con el mercurio subiendo y Trump gritando, casi nadie presta atención a que una parte del deterioro de la divisa haya sido tolerada por las autoridades monetarias. “Para evitar un déficit en la balanza de pagos a causa del desplome petrolero se permitió un ajuste que facilitara las exportaciones y desincentivara las importaciones. Fue ahí cuando el peso pasó de 15 a 18 unidades el dólar”, señala Gerardo Esquivel, profesor-investigador del Colegio de México.

La maniobra, pese a su efecto depreciativo, fue sabiamente administrada para evitar el impacto en el ciudadano. La inflación, la vara para medirlo, ha mostrado una resistencia a prueba de huracanes y se ha mantenido anclada por debajo del 3%.

No todo, por tanto, son malas noticias. Incluso la caída del petróleo, el otro gran enemigo de la economía mexicana, parece haber tocado fondo tras el acuerdo de la OPEP de recortar la producción. Y una victoria de Hillary Clinton sigue siendo altamente probable. Pero nada de esto basta. La sola posibilidad, por remota que sea, de un triunfo de Trump, hiela los ánimos. La inseguridad se ha interiorizado y México ha empezado a revisar con nerviosismo su capacidad para aguantar la embestida.

El momento es malo para la introspección. El desplome del crudo ha esquilmado los ingresos estatales. No sólo se vende el petróleo más barato sino que se produce menos. En plena apertura energética, Pemex, la mayor compañía pública mexicana y principal sostén del Estado, sufre pérdidas por 36.000 millones de dólares. Ante este agujero negro, el Gobierno se ha embarcado en fuerte plan de recortes y ha aumentado su endeudamiento hasta superar el 50% del PIB. Una cifra alarmante en un país con 53 millones de pobres.

Con estos mimbres, nadie duda de que la volatilidad persistirá en el corto plazo. Mientras dure la campaña, Trump seguirá vociferando y el peso tiritando. La gran pregunta es si parará después de las elecciones estadounidenses, o si sobrevendrá el cataclismo. El martes 8 de noviembre se sabrá.